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(83) ¿CONTRIBUYEN LOS DESASTRES CON EL DESARROLLO? / Rodrigo Restrepo G

. 28 de junio de 2012
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Japón post-impacto terremoto y tsunami 2011
(AP - marzo 2011 - Tomada de Eltiempo.com)
Hace seis años me lancé en esta nube virtual como Blogger, aunque no era novato en esto de escribir. Y mi primera publicación en ese entonces hacía referencia a este tema: Desastres y Desarrollo. En él, como en casi todos mis escritos, hago una invitación a la acción frente a la gestión del riesgo de desastres, no sin antes iniciar con la conceptualización respectiva.

En alguno de los diferentes eventos en los cuales he intervenido como oferente, alguien me preguntó: ¿...entonces, se requiere que haya desastres para que haya desarrollo? Obviamente que mi respuesta fue un rotundo NO. Y así como coloqué ejemplos de comunidades donde, después de un desastre, la reconstrucción implicó un serio y responsable proceso de gestión del riesgo, reduciendo las vulnerabilidades existentes antes del evento adverso y mitigando aquellas variables que podrían contribuir a la repetición del mismo, si las condiciones de amenaza se repitiesen, también coloqué ejemplos de comunidades en donde, después del desastre, no hicieron otra cosa que reconstruir las vulnerabilidades. Y ya sabemos lo que ha de suceder cuando la amenaza regrese.

Definitivamente, no se requiere que haya un desastre para apuntar al desarrollo. Lo pertinente es que la planeación de las urbes, de cualquier tamaño (o mejor, de todos los tamaños), contemple todas las variables relacionadas con la gestión del riesgo de desastres de manera integral, apoyando acciones para reducir el impacto del desastre potencial, con preparativos de respuesta, con capacitaciones y expansión del conocimiento frente a los riesgos potenciales; con obras de mitigación y la mejor disposición funcional y organizacional para la administración del post-impacto inmediato y de la recuperación a mediano y largo plazo.

Esto debemos considerarlo ya como un Derecho de la Humanidad: "...a vivir con el menor riesgo posible frente a las amenazas derivadas de las fuerzas de la naturaleza". De esto es que debemos concientizar a nuestros pueblos; a contribuir con la gestión del riesgo de desastres desde sus comunidades; a no dejarse engañar por avivatos que formulan proyectos de vivienda en zonas de riesgo; a exigir la revisión de los estudios previos de factibilidad, donde se identifiquen estos aspectos de seguridad y de respeto ambiental; a orientar con sus saberes la planeación de sus entornos.

Entre tanto, la oportunidad es la de aprender de los aciertos y desaciertos ajenos. La Web nos brinda esta oportunidad de conocer experiencias exitosas e identificar aquellas donde la experiencia vivida no ha sido la mejor. Esta es uno de los componentes de la Gestión del Riesgo de Desastres para reducir la vulnerabilidad: la Gestión del Conocimiento.

Lecturas Recomendadas:

1. Crónicas de Desastres - Terremotos en El Salvador, 2001. Reconstrucción de viviendas a damnificados aplicando la estrategia Vivienda Saludable, OPS/OMS, (ver anexo 7-1: Villa Centenario) disponible
aquí. Consultado en junio 28 de 2012.

2. Ferradas, P.: "Riesgos de Desastres y Desarrollo", Lima, Ed. Soluciones Prácticas-ITGD, 2012, p. 220, Perú: Internet, 28 jun 2012, Diponible en:
http://www.solucionespracticas.org.pe/publicacionessp/descarga.php?id=Nzgz

3. Stephenson, R. "Desastres y Desarrollo", s.l; NU. Programa de Entrenamiento para el Manejo de Desastres, 1991, 47 p., USA: Internet, 28 jun 2012, Disponible en: http://www.crid.or.cr/digitalizacion/pdf/spa/doc3842/doc3842.htm  
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(81) IMPACTO DE LOS PREPARATIVOS ANTE UNA AMENAZA DE EPIDEMIA / Rodrigo Restrepo G

. 22 de octubre de 2011
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Mucho hemos insistido en los beneficios de invertir el paradigma de la asignación y utilización de los recursos en emergencias y desastres, dando la mayor proporción a las acciones en los preparativos, lo cual repercute en una menor necesidad de ejecución en respuesta y mucho menos en recuperación[1]. Este es un aforismo del cual tenemos plena conciencia y evidencia los técnicos dedicados a la salud pública, pero no hemos sabido “venderlo” a los tomadores de decisiones, mucho más dedicados mostrar su gestión en término de recursos invertidos en la atención de la crisis, siendo que podemos diseñar indicadores tales como “los techos que no se destruyeron” “las muertes evitadas” “la disminución de las inundaciones” “la reducción de los deslizamientos”, entre otros, que también pueden ser mostrados como parte de la gestión positiva.

Los brotes y las epidemias también hacen parte del concepto de crisis en salud pública, en el cual se incluyen las emergencias y los desastres, por lo que en su abordaje también se tienen las fases de preparativos, mitigación, respuesta, rehabilitación y reconstrucción, en sus respectivas dimensiones. Es aquí donde tiene su mayor expresión el ejercicio de la epidemiología, como especialidad de la salud pública encargada del estudio del comportamiento natural de las enfermedades con mayor impacto sobre las comunidades y las acciones de prevención, vigilancia y control para evitar o mitigar su impacto.

Así como en desastres se presentan las alertas frente a los eventos de potencial daño sobre las poblaciones (ejemplos: alerta por temporada invernal, alerta de erupción volcánica, alerta de tsunami), en epidemiología también se lanzan alertas frente a situaciones de brotes por enfermedades de interés en salud pública. Las enfermedades priorizadas son monitoreados por el componente de Vigilancia en Salud Pública de los Ministerios de Salud de cada país, quienes realizan monitoreo y análisis de la situación y toman acciones pertinentes para el control de estas enfermedades. A su vez, a través de los Centros Nacionales de Enlace, la información es centralizada por la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud donde realizan el análisis correspondiente del comportamiento epidemiológico global de estas enfermedades priorizadas y se lanzan las alertas pertinentes para que las autoridades sanitarias realicen las acciones pertinentes, en el marco de las Funciones Esenciales de la Salud Pública.

Una buena experiencia en Colombia fue la realización del Mundial de Fútbol Sub-20, el cual se desarrolló entre el 29 de julio y el 20 de agosto de este año. A finales del 2010, cuando el Comité Intersectorial iniciaba sus preparativos frente al evento, la Representación de la OPS en Colombia promovió la inclusión del sector de la salud en dicho comité, el cual no había sido incluido desde el marco normativo[2], teniendo como sustento la alerta de introducción del sarampión al país y de expansión en la región de las Américas, toda vez que, con ocasión del Mundial de Fútbol de África en 2010, hubo introducción del sarampión en Argentina, Brasil y Guyana por parte de aficionados susceptibles que habían acudido al encuentro mundial en Sudáfrica.

Todas las acciones de preparativos del sector de la salud en Colombia en las ciudades sedes del Mundial permitieron que el caso índice de sarampión que ingresó por Barranquilla, que paradójicamente no fue por causa de ninguna delegación participante o aficionado turista, fue abordado de manera oportuna y apropiada, hasta el punto que el brote fue controlado en corto tiempo y el impacto sobre la salud de población colombiana frente a esta enfermedad inmunoprevenible ha sido altamente positivo: sólo 7 casos confirmados por laboratorio, todos circunscritos al Distrito de Barranquilla, entre el 5 de agosto y el 11 de septiembre, lo cual es un indicador del impacto de las acciones en salud pública desarrolladas, tanto en prevención, durante los preparativos del Mundial de Fútbol Sub-20, como en el control del brote.


En la medida en que se hace lo que hay que hacer y se hace bien desde el principio, los resultados van a ser acordes con lo que se planifica. Esto es fundamental cuando de seguridad sanitaria se trata, en especial con el fortalecimiento de los equipos humanos de los Mecanismos de Detección, Alerta y Respuesta del componente de Vigilancia y Control de la Salud Pública.

Lecturas recomendadas:

1. Restrepo R.: “De los preparativos para desastres”, Blog GiraMundo, enero, 2011, disponible en: http://giramvndo.blogspot.com/2011/01/de-los-preparativos-para-desastres.html, consultado en agosto de 2011.

2. Presidencia de la República: “Decreto 4664 de diciembre de 2010”, Por el cual se crea la Comisión Intersectorial de Seguimiento a la Organización de la Copa Mundial Sub 20 de la FIFA Colombia 2011”, disponible en http://bit.ly/D4664-10, consultado en agosto de 2011.

3. Presidencia de la República, Ministerio del Interior y de Justicia: "Decreto 3888 de octubre 10 de 2007", Por el cual se adopta el Plan Nacional de Emergencia y Contingencia para Eventos de Afluencia Masiva de Público, y se conforma la Comisión Nacional Asesora de Programas Masivos, disponible en:  http://servoaspr.imprenta.gov.co/diariop/diario2.pdf?p_tipo=02&p_numero=3888&p_fecha=10/10/2007&p_consec=1262249. Al respecto, sugiero no omitir ver el Comentario No.1 de este post, en: http://giramvndo.blogspot.com/2011/10/81-impacto-de-los-preparativos-ante-una.html#comments

4. Francesco Checchi, Michelle Gayer, Rebecca Freeman Grais and Edward J. Mills: “Public health in crisis affected populations. A practical guide for decision-makers”, Overseas Development Institute, Network Paper 061, London, 2007, 59 páginas, disponible en http://www.odihpn.org/documents/networkpaper061.pdf (original en Inglés), y en http://www.odihpn.org/documents/networkpaper061_spanish.pdf (original en Español), consultado en agosto de 2011.

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(01) DESASTRES Y DESARROLLO / Rodrigo Restrepo

. 26 de abril de 2006
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"Estrategias más efectivas de prevención no solo ahorrarían decenas de billones de dólares, sino que salvarían decenas de miles de vidas. Los fondos gastados actualmente en intervención y socorro podrían dedicarse a mejorar el desarrollo equitativo y sostenible, lo cual reduciría el riesgo de guerras y desastres. Edificar una cultura de prevención no es fácil. Mientras que los costos de la prevención deben proveerse en el presente, sus beneficios sólo se obtienen en un futuro distante. Más aún, los beneficios no son tangibles; tales como los desastres que NO sucedieron." (*)

Cada año son miles las personas que sufren los rigores de la naturaleza, con ocasión de eventos adversos tales como terremotos, sequías, inundaciones, tormentas, ciclones tropicales, incendios forestales y erupciones volcánicas; situaciones que además se acompañan de la destrucción del sustento de la población debido al daño de la infraestructura económica y social, así como al ambiente. Pero no sólo la naturaleza puede ser la detonante de eventos adversos con las consecuencias antes mencionadas, pues el hombre y sus adelantos tecnológicos, o una combinación de éstos con los eventos de la naturaleza, pueden causar también tales daños. Son ejemplos de ello, las intoxicaciones masivas, las contaminaciones químicas, los incendios y explosiones, los accidentes masivos, la violencia social y los actos maliciosos.

El riesgo de ser víctima de un evento adverso depende básicamente de dos factores: que exista una amenaza, representada por el factor externo, sea de la naturaleza o no, a saber, un huracán, un movimiento sísmico, un volcán, un conflicto político, presencia de desechos tóxicos, entre otros. Y el factor interno de la vulnerabilidad, representado por la mayor o menor predisposición intrínseca a ser dañado; es decir, la debilidad, incapacidad o dificultad para evitar, resistir, sobrevivir y recuperarse, en caso de un evento adverso.

La mayor o menor probabilidad de estar a riesgo de sufrir las consecuencias de un evento adverso estará en función de la existencia real de la amenaza y de cuán vulnerables seamos ante la inminencia de dicha amenaza.

La reducción del riesgo se obtendrá a través de actividades emprendidas para reducir tanto las condiciones de vulnerabilidad como, en la medida de lo posible, la causa del peligro natural (podrían intervenirse situaciones predecibles, en especial cuando se trata de sequías, inundaciones y deslizamientos).

El denominador común presente en la mayoría de las víctimas de los eventos adversos por causa de la naturaleza es la pobreza, pues estas poblaciones no llegan a tener acceso a viviendas bien construidas y localizadas en zonas seguras, pero además tampoco tienen acceso a servicios básicos de salud, al saneamiento básico mínimo ni a la educación o información. Y en algunos casos, donde la situación política o de orden público es altamente insegura, tampoco tienen acceso a la mínima organización comunitaria básica, necesaria para el establecimiento de sistemas de alerta o aviso ante situaciones de emergencia. Por sus condiciones, las actividades humanas de estas poblaciones profundizan el estado de deterioro ambiental de su entorno.

Son estos grupos de población los que podemos calificar como de alta vulnerabilidad, pues tienen muy reducida su capacidad de recuperación al nivel de vida que tenían antes del desastre. Deben ser, por lo tanto, el blanco de las acciones integrales que incluyan su reubicación a zonas más seguras, sumado a construcciones apropiadas y dignas de sus viviendas y al acceso de los servicios básicos de educación y salud, entre otros.

Dentro de los procesos de planeación para el desarrollo de las ciudades y municipios se han incorporado los nuevos enfoques de regionalización, donde el ordenamiento territorial contiene las orientaciones que conviene adoptar para la conformación del territorio y el desarrollo social, económico y ambiental sostenible, mucho más allá del simple crecimiento. Es por ello que su visión no puede ser a corto plazo sino a mediano y largo plazo, tomando en cuenta los riesgos ante eventos adversos, para implementar obras de mitigación ante las amenazas y acciones de preparativos para la reducción de las vulnerabilidades.

Se debe, por lo tanto, apuntar el desarrollo sostenible en la implementación de acciones que transformen la tendencia actual de la vulnerabilidad a los eventos adversos, orientando los recursos de ayuda al desarrollo en obras que incluyan la previsión de los efectos de los fenómenos naturales, de la gestión del riesgo y de la prevención de los desastres. Se debe trabajar en la reducción de la vulnerabilidad humana, en especial en la reducción de la brecha cada vez más profunda de la pobreza y la miseria. De hecho, los Objetivos de Desarrollo del Milenio, firmado por los países miembros de las Naciones Unidas, incluyen y trabajan para lograr este propósito para finales del 2015.

Dentro de esta misma categoría de acciones tendientes a la reducción de la vulnerabilidad se incluyen la gestión integral, sostenible y adaptada de los recursos naturales, incluyendo programas de reforestación, un apropiado ordenamiento territorial y una buena gestión de ríos y zonas costeras, en especial la protección de las fuentes naturales.

Se debe tener en cuenta la variable relacionada con la tendencia del cambio climático provocado por las acciones del sobreuso de los recursos, que contamina y genera situaciones de desertificación y deterioro ambiental acelerado que progresivamente ocasiona cambios climáticos con efecto global. Se deben identificar estos factores y reducir su persistencia.

Por último, se deben establecer estrategias para elaborar políticas de desarrollo que conduzcan a la reducción de la vulnerabilidad a los desastres, donde la participación de los ciudadanos en la gestión de sus riesgos ha de ser un factor ineludible. Se debe empezar por la obtención de la voluntad política de las autoridades territoriales, debidamente expresada en sus actos administrativos, donde queden incluidos los procesos de sensibilización y educación a la comunidad; la intersectorialidad pública y privada; el acceso a la información para la comprensión y conocimiento de los fenómenos naturales y todas las causas no naturales de los desastres; y el desarrollo e inclusión de mejores sistemas de predicción y de alertas tempranas en los planes de preparativos y de contingencia ante las amenazas identificadas.

(*) Kofi Annan, Secretario General de las Naciones Unidas. “Introducción al Informe Anual del Secretario General sobre el trabajo de la Organización de Naciones Unidas, 1999” (documento A/54/1).


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